domingo, 25 de enero de 2026

Dopamina y promesas no cumplidas

domingo, 25 de enero de 2026

Serie desajuste afectivo II

Sobre cómo la expectativa emocional, la dopamina y la asimetría relacional generan FOMO afectivo en el contexto social y tecnológico actual.

Vivimos en un entorno afectivamente más libre que nunca y, sin embargo, la frustración persiste. No nace del rechazo, sino de la expectativa prolongada de algo que parecía inminente.

El lenguaje invisible de la interacción

Al igual que muchas otras especies, los seres humanos poseemos un lenguaje no verbal que manifestamos de manera constante en la interacción social. En ocasiones es consciente, pero con mayor frecuencia funciona como una expresión espontánea de estados internos, anhelos o patrones de conducta que emergen de forma automática en el curso de una relación humana.

En cualquier reunión o encuentro, ese lenguaje no verbal adquiere una importancia decisiva. Aunque suele asociarse al ámbito político o a la comunicación estratégica, en las relaciones humanas —y especialmente en las de carácter romántico o afectivo— su papel es central, ya que activa de forma inconsciente una serie de respuestas neurológicas que influyen directamente en la percepción del entorno y del otro.

Cuando se produce el encuentro entre dos personas, el intercambio de miradas, gestos y expectativas implícitas configura el estado emocional de sus protagonistas. Sin embargo, los efectos que se generan no siempre coinciden con las intenciones. Estos patrones de conducta se formaron en un entorno muy distinto del actual, y hoy no solo operan fuera de su contexto original, sino que además son amplificados por la tecnología y por estereotipos culturales que introducen ruido y disfunción emocional.

Promesas sin desenlace

Hay una forma de malestar contemporáneo que rara vez se reconoce como tal, porque no nace del rechazo explícito ni del fracaso visible. Surge, más bien, de la anticipación prolongada: de la sensación persistente de que algo podría ocurrir, de que una posibilidad valiosa está ahí —cerca, sugerida, insinuada— pero nunca termina de concretarse.

Este estado tiene un nombre popular: FOMO (fear of missing out, o «temor a perderse algo»). La versión que se propone en este artículo se distingue del FOMO «clásico» —basado en la comparación continua entre alternativas visibles— en que nace de la expectativa de un desenlace que parecía inminente, pero que nunca llega a producirse.

Cuando esta dinámica se traslada al terreno de las relaciones afectivas, sus consecuencias adquieren un peso mayor. No se trata solo del miedo a perderse un evento o una experiencia social, sino del temor a dejar pasar una oportunidad relacional que el propio organismo —a través de procesos biológicos previos al razonamiento consciente— ya ha empezado a vivir como real. En ausencia de desenlace, esa falta no se percibe como una simple posibilidad no concretada, sino como la pérdida de algo que, en sentido estricto, nunca llegó a existir

La dopamina no premia el encuentro, sino la promesa 

Desde el punto de vista neurobiológico, la dopamina no es la hormona del placer, sino de la anticipación. Se activa ante señales que sugieren una posible recompensa futura: atención, interés, validación, promesas implícitas. No necesita hechos; le basta con indicios.

En una interacción social —una conversación sugerente, un coqueteo ligero, una referencia velada a planes, a intimidad, a futuros posibles— el sistema dopaminérgico entra en funcionamiento mucho antes de que exista ningún compromiso real. El efecto es conocido: la mente empieza a proyectar escenarios, a sobreestimar probabilidades, a sentir como casi segura una posibilidad que objetivamente sigue siendo incierta.

Aquí aparece el primer vínculo con el FOMO: cuanto más intensa es la anticipación, mayor es la sensación de que no actuar —o retirarse— equivale a perder algo valioso.

Estímulos intensificados, juicio debilitado 

El entorno contemporáneo amplifica este mecanismo. La preparación estética, la escenografía social, la gestión cuidadosa del contexto y el dominio de la conversación no son solo herramientas expresivas: funcionan como amplificadores emocionales. En muchos casos, estas prácticas se concentran en quien ocupa la posición de foco de atención, reforzando la intensidad de la señal emitida.

En este intercambio, los roles no suelen estar repartidos de forma simétrica. En términos generales, la producción activa y sostenida de señales recae con mayor frecuencia en las mujeres, mientras que muchos hombres se sitúan en una posición más reactiva, interpretando esas señales desde la expectativa y la anticipación.

La desviación entre expectativa percibida y posibilidad real genera frustración acumulada

En los entornos digitales, esta amplificación se extrema: aunque no haya presencia física, el intercambio constante de estímulos activa los mismos circuitos emocionales. Cuanto más pulida es la señal, más difícil resulta evaluarla con frialdad. La expectativa crece más rápido que la información real disponible.

Cuando el desenlace no llega —cuando la interacción se diluye, se aplaza o se desvanece— la frustración no se vive como un simple «no ha pasado nada», sino como la pérdida de algo que ya se sentía parcialmente ganado.

El FOMO, en este punto, no nace de la comparación social, sino de la escalada interna de la expectativa.

Cuando la razón no domina a la emoción

Muchas personas reconocen este estado con una formulación recurrente: «sé racionalmente que esto no garantiza nada, pero emocionalmente me arrastra». No se trata de ingenuidad ni de falta de criterio, sino de una disociación funcional entre dos niveles que no operan al mismo ritmo.

La mente evalúa la situación como ambigua, incompleta, abierta. El sistema emocional, en cambio, ya ha reaccionado. No espera confirmaciones ni desenlaces: responde a la activación previa como si la posibilidad tuviera un peso real. El resultado no es una creencia falsa, sino una tensión sostenida entre lo que se sabe y lo que se siente.

En este punto, retirarse no se vive como una decisión neutral, sino como un gesto costoso. No porque se renuncie a algo concreto, sino porque se interrumpe un proceso interno que ya estaba en marcha. La emoción no reclama coherencia lógica, sino continuidad. Y esa continuidad, aunque no esté respaldada por hechos, ejerce una fuerza difícil de ignorar.

El FOMO, aquí, no surge de la comparación con otros ni del miedo a quedar fuera, sino de la dificultad de desactivar una respuesta emocional que ha adquirido autonomía respecto al juicio racional.

Misma señal, diferente interpretación

Este fenómeno no se distribuye de forma simétrica. En términos generales, muchos hombres tienden a cerrar escenarios con rapidez cuando reciben señales intensas: interpretan la activación emocional como indicio de oportunidad concreta, especialmente en contextos donde la señal aparece como escasa o valiosa.

Muchas mujeres, en cambio, suelen ocupar con mayor frecuencia la posición de gestión de la interacción: pueden sostener la ambigüedad prolongada, disfrutar del intercambio, de la validación o del juego simbólico sin necesidad de traducirlo inmediatamente en desenlace. La señal no se vive como promesa, sino como espacio abierto. 

Este patrón no surge de forma arbitraria. Diversas hipótesis —evolutivas, culturales y sociales— apuntan a que, históricamente, el coste de un emparejamiento precipitado ha sido inmensamente mayor para la mujer que para el varón —riesgo de embarazo sin un marco de sostén material y social adecuado—, lo que habría favorecido conductas orientadas a testear y asegurar el vínculo antes que a apresurar el desenlace.

El resultado no es un conflicto de intenciones, sino un desajuste perceptivo. Lo que para una parte —el varón— se experimenta como una posibilidad crítica que conviene no perder, para la otra puede ser una interacción exploratoria, reversible o incluso ligera. No hay urgencia por el cierre porque el patrón de respuesta responde a un marco emocional concreto —que ha de establecerse previamente—, y no a un compromiso implícito que ambas partes estén evaluando del mismo modo.

La desadaptación aparece cuando ese marco se evalúa con criterios simbólicos —económicos, de estatus o de proyección futura—: quien interpreta la señal como inversión espera retorno; quien la emite como interacción no asume ese coste. En términos de economía, este desajuste puede describirse como un proceso inflacionario: el valor percibido de la señal crece más rápido que su capacidad real de materializarse, de modo que la misma inversión emocional produce rendimientos cada vez menores.

El FOMO aparece, sobre todo, en quien percibe escasez donde el otro percibe abundancia o reversibilidad.

Intención no es efecto 

Conviene subrayar algo importante: en la mayoría de los casos no hay manipulación consciente. La intención suele ser socializar, explorar, sentirse visto, disfrutar del intercambio. El problema no está en la intención, sino en el efecto previsible que ciertas señales producen en personas especialmente sensibles a la anticipación.

Hablar de responsabilidad aquí no implica culpa moral, sino conciencia sistémica: entender que, en un entorno saturado de señales ambiguas, el FOMO no es una debilidad individual, sino una respuesta adaptativa a estímulos diseñados —cultural y tecnológicamente— para mantener la expectativa activa.

Expectativa como recurso

En el entorno contemporáneo, la expectativa no es solo una experiencia interna: es también un recurso social. Generar atención, interés o proyección futura produce beneficios simbólicos inmediatos —validación, centralidad, deseabilidad— sin exigir compromiso ni desenlace.

Los entornos económicos, políticos y tecnológicos actuales refuerzan este patrón: mantener abiertas varias posibilidades no penaliza, mientras que cerrarlas demasiado pronto puede percibirse como una pérdida de opciones. Prolongar la ambigüedad no es, en la mayoría de los casos, una estrategia consciente, sino una conducta funcionalmente reforzada por el sistema en el que se produce.

El problema surge cuando esta lógica interactúa con sistemas emocionales que interpretan la señal como promesa. Para quien invierte dopamina esperando cierre, la expectativa tiene coste. Para quien la mantiene abierta, el coste es mínimo o inexistente. 

En la práctica, esta asimetría tiende a alinearse con los roles de género predominantes: quienes concentran atención y emiten señales —con mayor frecuencia mujeres— obtienen beneficios simbólicos de la expectativa sostenida, mientras que quienes interpretan esas señales como promesa y buscan cierre —con mayor frecuencia hombres— asumen el desgaste emocional del no-cierre.

Selección sin intención

El entorno tecnológico y económico actual no crea estos patrones, pero actúa como un mecanismo de selección. De todo el abanico de disposiciones afectivas y conductuales posibles, favorece aquellas que generan atención sostenida, ambigüedad prolongada y activación sin cierre. La fricción que antes limitaba estas dinámicas —costes sociales, reputacionales o temporales— se ha reducido drásticamente, mientras que las conductas orientadas al compromiso, al cierre o a la exclusividad han pasado a requerir un esfuerzo adicional. El resultado no es un cambio en la naturaleza humana, sino una amplificación sistemática de ciertos sesgos preexistentes, que adquieren así un peso cultural y normativo desproporcionado. No porque sean mayoritarios, sino porque son funcionales al sistema que los amplifica.

Asimetría, no malentendido 

Nuestros cerebros evolucionaron en entornos donde las señales sociales relevantes eran escasas, claras y costosas de emitir. El contexto actual ofrece justo lo contrario: abundancia de señales, bajo coste y escaso compromiso.

El FOMO afectivo surge ahí: como una respuesta exagerada —pero comprensible— a un entorno que estimula sin resolver. No señala un fallo personal, sino un desajuste entre biología, cultura y tecnología, que afecta de diferente manera a cada sexo. En el corto plazo, este desajuste tiende a generar mayor carga emocional y frustración en quienes interpretan la señal como promesa y buscan cierre —con mayor frecuencia hombres.

A largo plazo, sin embargo, el coste se generaliza: la normalización de la expectativa sin desenlace debilita la confianza relacional y penaliza la formación de vínculos estables y seguros, afectando a todas las partes implicadas.

Y quizá por eso se ha vuelto tan común: no porque deseemos demasiado, sino porque aprendimos a anticipar en un mundo que rara vez ofrece lo que promete.

domingo, 18 de enero de 2026

Atajos emocionales hacia ningún lugar

domingo, 18 de enero de 2026

Serie desajuste afectivo I

Hace poco viví una situación tan banal como reveladora. Algunas veces, cuando la profesora de tai-chi no puede venir, nos permiten asistir a una clase de yoga a modo de sustitución. Al terminar la sesión en una de esas ocasiones, pensé en pedirle a la instructora su perfil de Instagram, del cuál ya había hablado con anterioridad. La intención era muy simple, al menos para mí: pedirle a alguien que se dedica a impartir una actividad cara al público, su perfil en redes sociales vinculado a esa misma actividad.

La respuesta llegó, correcta y profesional. Sin embargo, el efecto generado en el entorno social inmediato fue sutilmente distinto de lo esperado. No hubo ningún conflicto explícito, pero sí una reacción perceptible en las personas de alrededor —chicas en su mayoría— que se miraron entre ellas e intercambiaron alguna sonrisa que no pude evitar percibir como de complicidad ambigua.

Como consecuencia, sentí una vergüenza inesperada, como si hubiera cometido algún tipo de torpeza. No por hablar con alguien, no por compartir un espacio real, sino por haber activado una lógica distinta: la de la conexión virtual como sustituto —o, al menos, como sospechoso simulacro— del vínculo humano directo. No hubo frustración personal, pero sí la sensación de haber cruzado sin querer a un terreno simbólico distinto.

Cuando el vinculo ancestral se convierte en virtual

La anécdota no es lo que importa, sino lo que subyace a ella. Revela que cada vez con más frecuencia, los vínculos digitales no funcionan como un complemento del contacto humano, sino como su sustituto. No amplían la experiencia: la simulan. 

El atajo emocional

El problema no es tecnológico, sino la manera en cómo afecta a la experiencia humana. Nuestro cerebro responde a señales de expectativa —miradas, promesas implícitas, validación— de una forma muy similar a como lo haría ante su cumplimiento real. La anticipación genera ya una recompensa emocional parcial, aunque el desenlace nunca llegue. El efecto es sutil, pero profundo. Muchas personas experimentan frustración, cansancio o desorientación relacional sin poder identificar su origen. No sienten que estén «haciendo algo mal», pero tampoco entienden por qué el contacto no progresa, por qué el interés no se traduce en encuentro, o por qué la estimulación constante no desemboca en vínculo alguno.

Así, se abre un atajo emocional: una vía rápida de estimulación que evita el riesgo, la exposición y la incertidumbre del contacto físico, pero que tampoco ofrece su resolución. La consecuencia no es satisfacción, sino una acumulación de expectativas sin cierre. No se avanza hacia un encuentro: se encadenan promesas. Como en el «scrolling», lo que se consume no es el contenido, sino la expectativa del siguiente.

Biología fuera de su entorno original

Sin embargo, este desplazamiento no afecta por igual a hombres y mujeres. No por razones morales ni culturales, sino por la forma en que nuestros patrones biológicos han sido históricamente moldeados. En términos evolutivos, el sistema motivacional masculino está orientado en líneas generales, a la detección de oportunidades: explorar, intentar, insistir. En un entorno físico real, ese impulso se regulaba por señales claras, por límites visibles y por consecuencias inmediatas. Pero el entorno digital rompe ese equilibrio. La hiperestimulación visual y simbólica multiplica las señales de disponibilidad sin ofrecer mecanismos equivalentes de cierre. El resultado es una falsa percepción de abundancia: la sensación de que hay opciones por todas partes, cuando en realidad lo que hay son representaciones.

La complicación surge porque nuestro cerebro no está diseñado para distinguir entre una señal social abstracta y una posibilidad real de encuentro. Responde a patrones —rostros, atención, validación, promesas implícitas—, no a contextos. Por eso, la exposición constante a perfiles, imágenes y microinteracciones genera una expectativa emocional que se vive como real, aunque nunca llegue a materializarse. La anticipación produce la activación temprana de los circuitos de recompensa, de forma similar a lo que ocurre en el juego o en las apuestas: la promesa del premio produce una emoción comparable a su obtención. Cuando el desenlace no llega —y casi nunca llega—, no se produce aprendizaje correctivo, sino frustración acumulada. 

Expectativa como norma

En el otro extremo —el femenino—, la retirada temprana —no responder, no concretar, no avanzar— no genera el mismo conflicto interno. Evolutiva e históricamente, evitar el cierre ha sido una estrategia adaptativa eficaz para reducir riesgos. El entorno digital amplifica esta posibilidad hasta convertirla en patrón dominante y norma social implícita.

Un patrón de desajuste

Conviene matizar que este patrón no describe todas las experiencias posibles. Sin embargo, aunque existen excepciones —encuentros satisfactorios, relaciones estables e incluso trayectorias de alta rotación sexual vividas sin conflicto— no son el resultado típico del sistema, sino desviaciones exitosas dentro de él —probablemente, no gracias a él, sino a pesar de él. Una masa critica de individuos acaba experimentando encuentros sin resultado pudiendo quedar atrapado en la expectativa, como consecuencia de un sistema diseñado para captar la atención y la interacción, con el vínculo romántico como excusa.

El problema no es que alguien evite. El problema es que el sistema, tal como está configurado, produce de forma sistemática expectativa sin desenlace en uno de los lados del vínculo. Lo que tiene consecuencias sociales.

lunes, 29 de diciembre de 2025

El vacío de Occidente

lunes, 29 de diciembre de 2025

Del desmantelamiento institucional a la dictadura del algoritmo

Introducción: el barco sin timón

Si en el análisis anterior se mostró el colapso de Occidente debido a decisiones económicas concretas —el fin del patrón oro, el shock de Volcker— que desmantelaron su estructura productiva, aquí abordaremos cómo, paralelamente, se desmanteló su estructura política y moral.

La tesis es sencilla: Occidente no solo vendió su motor —la industria—, sino que voluntariamente arrojó el timón por la borda. Creyendo liberarse de la «represión» de las instituciones, la sociedad creó un vacío de poder que no permaneció así por mucho tiempo: fue ocupado inmediatamente por la eficiencia ciega del mercado y la economía de la atención.

Para entender este naufragio, lo haremos bajo la tutela de cuatro grandes como Foucault, Fisher, Han y Sandel, quienes relatan magistralmente, cada uno desde su óptica y su tiempo, las etapas inexorables de esta deriva occidental.


1. El Gran Desmantelamiento (1970-1980): Foucault y la trampa de la libertad

Mientras Volcker subía los tipos de interés, en las universidades y la cultura se gestaba una revolución silenciosa. Michel Foucault —en obras seminales como Vigilar y castigar (1975)— y los herederos del 68, lanzaron un ataque total contra las «Instituciones Disciplinarias»: la escuela, la fábrica, el hospital, el Estado.

  • El argumento: se nos dijo que las normas comunes y las instituciones eran cárceles autoritarias que coartaban al individuo. Había que «deconstruir» el poder.

  • La trampa: al erosionar la legitimidad del Estado y de la norma colectiva, la izquierda cultural desarmó la única herramienta capaz de frenar al mercado. Sin instituciones fuertes que marquen un rumbo (un «deber ser»), la sociedad se quedó sin defensas frente al «poder hacer» del dinero.

  • Resultado: se abolió la disciplina, sí, pero no para hacernos libres, sino para convertirnos en consumidores predecibles. Se retiró el «padre severo» (el Estado/Ley) y se dejó al niño solo en una habitación llena de dulces.

2. La Burocracia del Vacío (1990-2000): Fisher y el «Realismo Capitalista»

Una vez eliminadas las instituciones políticas que marcaban grandes objetivos sociales, entramos en la era que Mark Fisher describió en Realismo capitalista (2009).

  • El síntoma: como ya no había un proyecto político de futuro (el «timón» había desaparecido), la política fue sustituida por la gestión.

  • El «estalinismo de mercado»: para llenar el vacío de autoridad, se creó una burocracia infernal de auditorías, métricas y objetivos de rendimiento. Ya no importaba qué hacíamos (el propósito), sino cómo lo mediamos (la eficiencia).

  • La consecuencia: la «lenta cancelación del futuro». Occidente dejó de innovar cultural y políticamente. Se dedicó a reciclar el pasado y a simular progreso mediante tecnología de consumo, mientras las infraestructuras reales (sociales y físicas) se pudrían.

3. La doma del alma (2010-Actualidad): Han y la autoexplotación

Con el terreno despejado de normas externas (Foucault) y lleno de burocracia digital (Fisher), llegamos al individuo actual descrito por Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio (2010).

  • Del «Debes» al «Puedes»: el sistema ya no necesita obligarte a trabajar (disciplina). Ahora te seduce. A través de la tecnología y las redes sociales, el control se ha vuelto interno.

  • La economía de la atención: el vacío institucional se llenó con ruido. El algoritmo, que no tiene moral ni propósito, optimiza una sola cosa: tu tiempo en pantalla.

  • El resultado: una sociedad quemada (burnout). El individuo cree ser libre porque «se realiza» a sí mismo, pero en realidad es un esclavo que se azota a sí mismo para cumplir con los estándares inalcanzables del mercado de la atención.

4. El golpe de gracia (la justificación moral): Sandel y la tiranía del mérito

Para cerrar el círculo, Michael Sandel nos explica en La tiranía del mérito (2020) por qué no hay revueltas ante este panorama desolador.

  • La privatización del destino: al desaparecer la noción de «bien común» (destruida en la fase 1), el éxito y el fracaso se volvieron asuntos puramente privados.

  • La crueldad: si te va mal en este sistema sin timón, se te dice que es tu culpa. No es que el barco se hunda, es que tú no nadaste lo suficientemente fuerte.

  • El fin de la solidaridad: esto rompió los lazos comunitarios. Los ganadores de la globalización miraron a los perdedores con desprecio (no tienen mérito), y los perdedores miraron a los ganadores con resentimiento.


Conclusión: Ingobernables por diseño

Occidente no murió de un infarto, sino de una autoinmunidad ideológica.

Atacó sus propias defensas —las instituciones— creyendo que eran el enemigo (Foucault); sustituyó la política por la administración de la decadencia (Fisher); convirtió a sus ciudadanos en empresarios de sí mismos, agotados y ansiosos (Han); y convenció a todos de que este naufragio era, en el fondo, una cuestión de mérito individual (Sandel).

La «Caída de Occidente» no es solo económica, sino el resultado de haber olvidado deliberadamente cómo se gobierna un barco, dejándolo a merced de la corriente. El triunfo final de esta doctrina invisible fue convencernos de que la soledad es libertad. Al desmantelar las estructuras colectivas —sindicatos, asociaciones, espacios públicos—, nos convirtieron en átomos vulnerables.

Como bien señalan Monbiot y Hutchison en La doctrina invisible (2025), de todas las fantasías humanas, la idea de que podemos valernos por nuestra cuenta no solo es absurda, sino que es la más peligrosa: un ser humano aislado es un ser humano inofensivo para el poder, pero destructivo para sí mismo.

Bibliografía esencial

  • Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión.
  • Fisher, M. (2009). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?
  • Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio.
  • Sandel, M. J. (2020). La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común?
  • Monbiot, G. & Hutchison, P. (2024). La doctrina invisible: La historia secreta del neoliberalismo.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Decálogo del Método Abierto

miércoles, 12 de noviembre de 2025
Decálogo del método abierto

  1. El dogma es arrogante. El método es humilde.
    El dogma es arrogante: cree tener la razón a pesar de la evidencia. El método abierto es humilde: parte de la conciencia de no tenerla. Esa humildad, paradójicamente, lo coloca en la mejor posición para acercarse a la verdad.

  2. No busca una Verdad, sino un consenso funcional.
    La verdad absoluta pertenece al ámbito personal; el conocimiento colectivo surge del acuerdo comprobable. Lo importante no es en qué creemos, sino qué podemos confirmar juntos.

  3. No se apoya en una supuesta objetividad, sino en un arbitraje externo.
    Nadie es completamente objetivo, y precisamente por eso es necesaria una instancia común: la evidencia material, juez imparcial de nuestras ideas.

  4. No censura; clasifica.
    La experiencia personal no se niega, simplemente se distingue del conocimiento compartido. Uno pertenece al ámbito íntimo, el otro a lo que resiste la prueba de todos. El método abierto se ocupa del segundo.

  5. Reconoce los límites de su campo.
    No niega lo no falsable ni combate las creencias metafísicas o espirituales: simplemente reconoce que están fuera de su alcance. Frente a ellas, adopta una postura agnóstica y honesta.

  6. Usa el error como motor de evolución.
    El dogma justifica el fracaso; el método lo estudia. Si la realidad contradice una teoría, esta debe ser corregida o abandonada. Ninguna idea está por encima del resultado material.

  7. Distingue la herramienta del usuario.
    El mal uso del conocimiento no invalida al conocimiento mismo. La crítica debe dirigirse a quienes lo manipulan, no a la herramienta. La solución es democratizar su acceso, no destruirlo.

  8. Es de código abierto.
    Ninguna institución puede ni debe apropiarse de las leyes naturales. La misma física que impulsa un cohete privado sostiene el GPS, las previsiones meteorológicas o la resonancia magnética. El método no tiene bando ni dueño.

  9. Es dinámico porque es lógico.
    La lógica no congela la realidad, sino que permite describir su cambio. Para hablar de movimiento, primero hay que reconocer lo que se mueve. Solo así la razón se vuelve dialéctica y viva.

  10. Permanece abierto e incompleto por definición.
    Todo sistema que pretende explicarlo todo se cierra sobre sí mismo. En cambio, un método falsable depende del contacto constante con la realidad. Esa necesidad de contraste es su mayor fortaleza.

martes, 7 de octubre de 2025

Síndrome de Inmunodeficiencia Intelectual

martes, 7 de octubre de 2025

Cómo la Crítica del Poder nos Dejó Indefensos

Foucault impidió el rechazo por parte del poder, pero nos dejó sin la capacidad de poder rechazar nada

Prólogo: la fiebre silenciosa

Hagamos un experimento mental e imaginemos que nuestra sociedad es un organismo y está enfermo. No es una enfermedad aguda y violenta, sino una fiebre lenta, un cansancio crónico que impregna nuestra cultura y nuestra política. La sociedad vive en un estado de agitación perpetua, de indignación constante en redes sociales, de interminables «guerras culturales», y sin embargo, nada parece cambiar. Sentimos una parálisis profunda, un agotamiento existencial. Estamos enfermos, pero el diagnóstico se nos escapa. No hay un tirano visible al que culpar, ni un enemigo claro al que combatir.

La razón es que no estamos sufriendo una simple infección. Estamos padeciendo una enfermedad mucho más compleja y siniestra: un colapso sistémico de nuestras defensas. Padecemos un Síndrome de Inmunodeficiencia Intelectual Adquirida. Y para entender cómo hemos llegado a este punto, debemos analizar la extraña historia de la medicina que hemos administrado a nuestra propia civilización.

I. El inmunosupresor: la medicina que se convirtió en veneno

En el siglo XX, un brillante doctor intelectual, Michel Foucault, diagnosticó una grave enfermedad en el cuerpo social de Occidente: una especie de rechazo autoinmune. Vio cómo el poder, a través de sus instituciones, creaba «normas» y luego atacaba y excluía brutalmente a cualquier «cuerpo extraño» que no se ajustara a ellas: los locos, los disidentes, los desviados.

Para combatir esta patología del rechazo, Foucault prescribió una medicina radical: un potente fármaco inmunosupresor filosófico. Su crítica del poder nos enseñó a desconfiar de todas las «verdades», a ver en cada norma una herramienta de opresión, a cuestionar la legitimidad de cualquier juicio. Su objetivo era noble: detener el rechazo del sistema a sus «otros».

Pero la medicina fue demasiado potente. El tratamiento fue tan agresivo que no solo detuvo el rechazo patológico, sino que aniquiló por completo nuestro sistema inmunitario intelectual. En su afán por combatir el «rechazo del poder», nos dejó sin la capacidad de rechazar nada. Nos arrebató los anticuerpos que nos permitían diferenciar lo bueno de lo malo, una idea sana de una idea tóxica, una organización funcional de una cancerosa.

II. El virus oportunista: la metástasis de la positividad

Un organismo inmunodeprimido es el caldo de cultivo perfecto para las infecciones oportunistas. Y en el vacío que dejó la crítica de Foucault, un nuevo y astuto patógeno comenzó a prosperar. Es el virus que Byung-Chul Han ha identificado: el virus de la positividad tóxica.

Este virus es el patógeno perfecto, una obra maestra de la evolución ideológica, por varias razones:

  1. Se disfraza de célula sana: no ataca con la negatividad del «no debes». Infecta con la seducción del «sí puedes». Es el relato del rendimiento, de la autorrealización, del «sé tu mejor versión». Es el dogma que susurra que «todas las opiniones son válidas». Nuestro sistema inmunitario, ya debilitado, es incapaz de identificarlo como una amenaza. Al contrario, lo confunde con la salud.

  2. No tiene un origen visible: no hay un «paciente cero» al que culpar. No es un «Gran Hermano» que nos inyecta el virus. Es una infección aérea, una lógica que emana del sistema económico y cultural en su conjunto. Se transmite a través de la publicidad, de los libros de autoayuda, de la cultura corporativa, de las redes sociales.

  3. Provoca una enfermedad autoinmune: el virus no nos destruye directamente. Nos convence de que nos destruyamos a nosotros mismos. El imperativo de la positividad y el rendimiento nos lleva a la autoexplotación, al burnout, al agotamiento. El cuerpo social, incapaz de atacar al virus, empieza a atacarse a sí mismo en una espiral de ansiedad y depresión.

Epílogo: la tarea de la inmunoterapia

Hemos llegado al diagnóstico. La filosofía crítica de Foucault actuó como un inmunosupresor que, sin quererlo, preparó el terreno. Y el relato de la positividad neoliberal, analizado por Han, es el virus oportunista que ha provocado una metástasis en nuestro cuerpo social, dejándonos en un estado de desgaste crónico, incapaz de crear normas sociales consensuadas.

Estamos en una sociedad sin anticuerpos, incapaz de rechazar los «bulos», los «fanatismos ideológicos» y las «células cancerosas» de las élites extractivas porque hemos sido entrenados para creer que el acto de rechazar es, en sí mismo, un acto de opresión. La sociedad descartó la herramienta del «no», quedando en un estado inmunodeprimido. En esta situación, una toxina que solo necesite un «sí», tiene vía libre para infectar a nuestro organismo social.

¿Cuál es la cura? Si el problema es la inmunodeficiencia, la solución debe ser una inmunoterapia intelectual. No necesitamos más deconstrucción. Necesitamos una reconstrucción de nuestras defensas.

Esta es parte de la tarea que se proponía en el «Manifiesto por la conexión». Es empezar a crear y a entrenar nuevos anticuerpos. Es volver a enseñar al cuerpo social a diferenciar, a juzgar, a decir «no». Es un trabajo lento y paciente para reactivar nuestra capacidad de identificar y rechazar los virus ideológicos, por muy positivos que parezcan, y de nutrir y proteger las células sanas de la funcionalidad, la evidencia y el propósito común. La tarea no es encontrar a quién culpar. Es empezar a curarnos.

lunes, 29 de septiembre de 2025

El Emperador Invisible

lunes, 29 de septiembre de 2025
Cómo Roma y el Papado explican el poder del siglo XXI


Vivimos en un mundo que se nos presenta como una red de naciones soberanas que compiten y colaboran en un mercado global. Creemos en la ficción de que nuestros gobiernos nacionales son los actores principales en el escenario de nuestro destino. Sin embargo, una sensación persistente de impotencia nos invade. Sentimos que las decisiones cruciales que afectan nuestras vidas —nuestros trabajos, nuestra cultura, nuestro futuro— se toman en otro lugar, por fuerzas que no hemos elegido y a las que no podemos pedir cuentas.

Como ya se exploró en La Sombra del Faraón, las raíces de esta tiranía meritocrática moderna se hunden profundamente en la confluencia de la Reforma, el capitalismo y la expansión anglosajona, dotando al poder económico de una legitimidad de apariencia casi sagrada. Michael J. Sandel en La tiranía del mérito, señala cómo el propio relato meritocrático se origina en gran parte con la escisión protestante: al sustituir la mediación de la Iglesia católica por una ética del llamado individual, las sociedades anglosajonas incubaron el sustrato cultural que hoy sostiene el neoliberalismo. 

Además, Sandel advierte que la narrativa meritocrática no sólo falla en su promesa de justicia, sino que crea una élite prepotente y una clase baja humillada, legitimando así la desigualdad. Ahora, en el siglo XXI, ese legado ha evolucionado hacia una forma aún más sofisticada y elusiva: el poder del «Emperador Invisible».

Esta situación se aclara si actualizamos nuestro mapa histórico. Para entender la naturaleza del poder hoy, debemos mirar más allá del siglo XX y reconocer la silueta de una estructura mucho más antigua. El poder global actual no es una red descentralizada; es un imperio híbrido que ha fusionado, de una manera innovadora y casi invisible, los dos grandes modelos de poder de Occidente: la potestas del Emperador Romano y la autoritas del Papado. Y su capital, su «Nueva Roma», son los Estados Unidos.

I. El Emperador: la potestas de las legiones invisibles

El rol imperial de Estados Unidos no se ejerce principalmente a través de la conquista militar. Aunque su ejército siga siendo la fuerza dominante del planeta, su papel queda restringido a «eliminar» las trabas políticas que puedan complicar la asimilación posterior del territorio. La innovación de este nuevo imperio ha consistido en sustituir las legiones de hierro por legiones económicas y tecnológicas de una eficacia aún mayor.

Esta potestas se manifiesta a través de sus principales herramientas estratégicas:

  • El dólar como estandarte: desde el fin del patrón oro, el control de la moneda de reserva mundial le otorga una potestas financiera sin precedentes, la capacidad de financiar sus déficits y de sancionar a sus enemigos con una eficacia devastadora.
  • El control de las rutas comerciales: no solo las marítimas (en las que China es cada vez más relevante), sino las digitales. Las grandes plataformas tecnológicas (Google, Meta, Amazon, Microsoft), nacidas y protegidas en su seno, controlan las autopistas de la información y el comercio por las que transita el mundo.
  • Las instituciones como guarniciones: organismos como el FMI o el Banco Mundial actúan a menudo como las guarniciones del imperio, imponiendo una ortodoxia económica que beneficia al centro imperial a cambio de «ayuda» y estabilidad.

Sin embargo, la verdadera fuerza coercitiva se ejerce a través de mecanismos más profundos y estructurales que someten a los países a un dominio del que es casi imposible escapar:

  • La potestas financiera: es la capacidad de desestabilizar una economía con un simple clic. La amenaza de una degradación de la calificación crediticia por parte de las agencias (ubicadas en su mayoría en el centro imperial) puede encarecer la deuda de un país hasta hacerlo quebrar. Los flujos de inversión, controlados por sus grandes fondos, actúan como el pulgar de un césar: pueden dar vida a una economía o condenarla a la asfixia.
  • La potestas de la dependencia tecnológica: no se trata tanto de una «sanción tecnológica» directa, que como se ha visto en Europa puede ser contestada en el terreno legal. Es algo mucho más fundamental. Las grandes corporaciones del imperio no solo invierten; construyen los ecosistemas digitales (sistemas operativos, redes sociales, servicios en la nube, infraestructuras de comercio electrónico) de los que el resto del mundo se ha vuelto dependiente y cuyos datos son manejados desde el centro imperial. Salir de estos ecosistemas ya no es una opción viable sin arriesgarse al aislamiento y al colapso funcional. La soberanía digital es, en gran medida, una ilusión.
  • La potestas sobre la soberanía local: se crea una dependencia que, aunque pueda parecer mutua, es profundamente asimétrica. Los gobiernos locales, para atraer y mantener las inversiones que garantizan el empleo y la prosperidad (y por tanto, su propia supervivencia política), se ven obligados a competir entre sí ofreciendo ventajas fiscales y regulatorias. En la práctica, subordinan su soberanía a las necesidades del capital transnacional, cuya lealtad última reside igualmente en el centro del imperio. El poder real no lo tiene el político que corta la cinta de una nueva fábrica, sino la entidad anónima que puede decidir, en cualquier momento, llevársela a otro lugar.

II. El Papado: la autoritas del relato universal

Pero la fuerza bruta, como ya sabían los faraones, no es suficiente. El poder, para ser estable, necesita legitimidad. Y aquí es donde el imperio ejerce su segundo rol, el del Papado: el monopolizador del relato universal.

El Vaticano exportaba un relato de salvación metafísica. La Nueva Roma exporta un relato de salvación terrenal, cuyo núcleo no son valores en sí reprochables —libre mercado, democracia liberal, derechos individuales—, sino la forma en que se los absolutiza y convierte en un evangelio incuestionable, útil para legitimar su propio poder:

  • El libre mercado: presentado como el único sistema natural y eficiente para generar prosperidad.
  • La democracia liberal: presentada como la única forma legítima de gobierno.
  • Los derechos individuales: presentados como el valor supremo de la organización social, pero ignorando a los del colectivo.

Este relato es increíblemente poderoso. Otorga al imperio la autoridad moral para juzgar al resto del mundo, para «excomulgar» a las naciones que no siguen sus dogmas (los «estados canalla») —mientras tolera a los que les son útiles («nuestros "hijos de puta"»)— y para bendecir a sus propios misioneros: los CEOs de las grandes corporaciones actúan como los «obispos» de esta nueva fe, expandiendo el evangelio del mercado por todo el planeta. 

Pero el rasgo más estremecedor de todos es la monopolización de ambos relatos: el de la potestas y el de la autoritas, un poder que no requiere permiso para dictar su moral, algo que, salvo la propia Inquisición, pocas instituciones han detentado.

III. La gran hipocresía: «mercado libre» para las provincias, proteccionismo para «Roma»

Y aquí llegamos al núcleo de la genialidad y la perversión del sistema. El dogma del «libre mercado» que el Papado imperial predica con fervor solo se aplica de verdad fuera de sus murallas.

En la Periferia (el resto del mundo), el «libre mercado» es un arma para «puentear» a los gobiernos locales. Se utiliza para forzar la apertura de sus economías, desmantelar sus protecciones y permitir que los «obispos» corporativos operen con ventaja sobre las empresas locales. Cualquier intento de un «monarca medieval» (un presidente o primer ministro europeo, asiático o latinoamericano) de proteger su industria o a sus trabajadores es inmediatamente condenado como un acto de herejía proteccionista.

En el Centro del Imperio (Estados Unidos), sin embargo, la realidad es la opuesta: las grandes corporaciones no serían nada sin el «marco seguro» que les proporciona su connivencia con el poder político. El gobierno estadounidense utiliza su potestas para darles ventajas competitivas, rescatarlas si caen, proteger su propiedad intelectual y usar su poder diplomático para abrirles mercados.

El «libre mercado» no es un principio; es una tecnología de poder imperial. Se impone a los demás para debilitar su soberanía, mientras que en casa se practica una estrecha alianza entre el poder político y el económico. 

IV. Los reyes vasallos y la confusión de la resistencia

Esto coloca a los líderes de los países periféricos en la posición de los antiguos reyes medievales. Tienen autoridad política en su feudo, pero saben que su prosperidad económica —y, por tanto, su capacidad para mantenerse en el poder— depende de no enfadar al Emperador Papal y de dar la bienvenida a sus «obispos» corporativos.

Esta situación genera la confusión que puede observarse en lugares como España: la izquierda local, a menudo usando un mapa ideológico obsoleto, ataca a un campeón nacional como Mercadona, sin darse cuenta de que el verdadero poder hegemónico reside en una estructura transoceánica que opera bajo un relato que su propio modelo de crítica posmodernista, inconsciente y negligentemente, ha contribuido a fortalecer.

El mapa, por tanto, queda mucho más claro. No vivimos en un mundo de iguales, sino en un imperio invisible, gobernado por una entidad de dos cabezas —una potestas económica y la autoritas de un relato de libertad, conceptos cuya apariencia de positividad obstaculizan una respuesta efectiva—. Este imperio ha perfeccionado el arte de la dominación, sustituyendo la conquista por la convicción y la fuerza bruta por la seducción de un relato que nos convence de que somos libres en la jaula más sofisticada jamás construida.

En definitiva, este fenómeno geopolítico no se sostiene por un «dominio colectivo» explícito como los totalitarismos de antaño. Se sostiene porque ha logrado inocular una ideología de atomización individual a escala masiva. El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han ha descrito en La sociedad del cansancio cómo la lógica neoliberal transforma la coerción externa en autoexigencia voluntaria: la forma más eficaz de gobernar un bosque no es poner un guardia en cada árbol, sino convencer a cada árbol de que su única misión en la vida es crecer más alto que el de al lado, sin importarle si el bosque entero se está secando. 

El logro del dogma neoliberal es hacer creer que se compite por la luz, ignorando el suelo que alimenta las raíces de todos.

lunes, 22 de septiembre de 2025

El laberinto de la izquierda derrotada

lunes, 22 de septiembre de 2025
Cómo usar la crítica al poder para ocultar la inoperancia
Mucho ruido pero poco acuerdo

Prólogo: ruido de sables sin filo

Vivimos en una era paradójica. Por un lado, una estructura de poder económico global, el capitalismo tardío, se erige triunfante y aparentemente incuestionable en su lógica. Por otro, nunca antes había existido una crítica tan omnipresente, tan aguda y tan extendida a sus efectos culturales, sociales y morales. Nuestras redes y debates hierven con la deconstrucción de sus injusticias, la denuncia de sus privilegios y el análisis de sus mecanismos de opresión.

Y, sin embargo, el trono permanece intacto. La crítica, por muy certera que sea, parece rebotar contra los muros del sistema sin hacer mella. La izquierda, heredera histórica de la aspiración a un mundo más justo, se encuentra en una situación extraña: es omnipresente en el discurso cultural, pero a menudo impotente en la arena política. Habla mucho, pero propone poco. Grita con furia para destruir, pero se oculta en el agujero cuando hay que construir.

Para entender esta parálisis, debemos retroceder al momento en que la izquierda perdió su mapa y, en su desorientación, decidió que era más seguro criticar las paredes del laberinto que buscar una salida.

I. El derrumbe del templo

El siglo XX fue, en esencia, una guerra de relatos. Dos grandes teologías seculares, el capitalismo liberal y el comunismo marxista, se enfrentaron por el alma del mundo. Ambas ofrecían una «teoría del todo»: una explicación de la historia, un diagnóstico de los problemas y, lo más importante, la promesa de una salvación futura, ya fuera el paraíso del consumidor o el del proletariado. Un «fin de la historia» que ha resultado ser el inicio de una distopía interminable.

Con la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, uno de esos templos se derrumbó de forma espectacular. La izquierda se encontró de repente huérfana de su relato principal. Su mapa de la historia parecía obsoleto, su brújula moral, desmagnetizada, y su tierra prometida, desacreditada. Se produjo un vacío inmenso, una derrota no solo política, sino existencial ¿Cómo seguir luchando cuando la propia fe se ha desvanecido?

II. El refugio del filósofo

Es en este desierto ideológico donde el pensamiento de filósofos como Michel Foucault (El orden del discurso, 1970) se convirtió en un oasis. Su análisis del poder, de una lucidez premonitoria, ofreció a una izquierda derrotada un nuevo arsenal, no para construir una alternativa, sino para llevar a cabo la deconstrucción perfecta del vencedor.

El marco foucaultiano era un refugio ideal por varias razones. Primero, permitía deslegitimar el triunfo del capitalismo sin tener que enfrentarlo en el terreno de la eficacia económica. Según este nuevo paradigma filosófico, el capitalismo no habría ganado por ser «mejor», sino porque había impuesto su relato, su «régimen de verdad». La lucidez del ensayo de Foucault permitió analizar la victoria del capitalismo no como una demostración de su idoneidad, sino como el resultado de unas fuerzas que imponían su realidad. Hasta aquí las personas que hayan tenido la amabilidad de llegar leyendo podrían estar de acuerdo, sino fuera por el segundo motivo por el que el discurso foucaultiano fue utilizado: inmunizar a las ideologías vencidas de la necesidad de hacer autocrítica. No cabía admitir que habían fracasado por sus contradicciones internas o su inviabilidad, sino porque habían sido aplastadas en un juego de poder.

La crítica del poder se convirtió en un fin en sí misma. Era un lugar seguro, un púlpito desde el que se podía mantener una superioridad moral e intelectual sin la incómoda obligación de proponer un modelo funcional que pudiera ser, a su vez, criticado. Mucho menos sometido a la propia autocritica.

III. La no-victoria del relativismo

Esta filosofía, al popularizarse, degeneró en el ethos que define nuestra era: la atomización de la oposición. Si la verdad no es más que el relato del poder, entonces todos podemos reclamar «nuestra verdad» con la misma legitimidad —o ausencia de ella—. Si el relato de la victoriosa democracia liberal tras la caída del muro de Berlín, es usado para justificar una multiplicidad de relatos en pugna contra una «verdad» impuesta desde el «discurso único» del poder económico, la búsqueda de la verdad deja de tener valor y el acto supremo de rebelión ya no es unirse bajo una bandera común para cambiar el mundo, sino crear y defender la propia identidad, un combinado propio cuyo único parámetro objetivo de validez, es el del poder que hay detrás para difundirlo.

De la «deconstrucción del poder» se pasó a la «guerrilla por la justicia social», fragmentada en una infinita «guerra de bandos» identitarios, algunos contradictorios entre sí —como el del feminismo hegemónico, que olvida minorías que no entran en el espectro occidental que a su vez, critican—. La energía que antes se dirigía a construir un proyecto colectivo se redirigió hacia la defensa de micro-relatos tribales y a la purga de la herejía interna. La izquierda se convirtió en un bullir de burbujas ideológicas, cada una convencida de su pureza moral y a menudo más beligerante con sus vecinas que con el fuego que las hacía hervir.

Y para las élites económicas del mundo neoliberal, no hay espectáculo más tranquilizador. Un poder hegemónico no tiene nada que temer de una oposición narcisista, fragmentada y más preocupada por vigilar sus propias fronteras ideológicas que por construir puentes para asaltar la fortaleza.

Epílogo: la tarea de la reconstrucción

La tragedia de la izquierda vencida no es su derrota, sino su enamoramiento del laberinto al que esa derrota la condujo. Al abrazar la crítica como un refugio y el relativismo como un dogma, ha renunciado a su vocación histórica: la de ser una fuerza de construcción.

El desafío de nuestra generación es inmenso. Requiere abandonar el confort cínico de la deconstrucción y atreverse a hacer la pregunta más difícil: «¿Qué construimos ahora?». Exige dejar de preparar cada uno su propio combinado, para empezar a compartir ingredientes y recetas.

La única forma de desafiar a un relato hegemónico no es con un millón de réplicas individuales que chillan desde su propio balcón, sino con la articulación de un nuevo relato común. Un relato que no sea un dogma cerrado, sino un marco funcional, abierto, autocrítico y anclado en las necesidades materiales y biológicas del ser humano. El primer paso para salir del laberinto no es analizar sus muros con más detalle. Es empezar a dibujar, juntos, un mapa hacia el exterior.


lunes, 15 de septiembre de 2025

La sombra del Faraón

lunes, 15 de septiembre de 2025

De los dioses del Nilo a los ídolos del mercado

Prólogo: la jaula invisible

Creemos vivir en una era de una libertad sin precedentes. Hemos derribado a los tiranos, decapitado a los reyes y encerrado a los dioses en los museos de la historia. Ya no nos arrodillamos ante el Faraón, cuya voluntad era ley porque su sangre era divina. Nos consideramos individuos soberanos, dueños de nuestro destino, en un mundo regido por la razón y los derechos.

Y, sin embargo, una inquietud nos recorre. Sentimos el peso de fuerzas que no controlamos, de decisiones tomadas en lugares que no podemos señalar en un mapa. Obedecemos a lógicas que nos empujan a competir, a consumir y a definir nuestro valor en términos de éxito material, como si siguiéramos un catecismo no escrito. Nos sentimos libres, pero a menudo nos descubrimos caminando por pasillos invisibles, tomando decisiones que no sentimos del todo nuestras.

¿Es posible que no hayamos escapado de la tiranía, sino que simplemente hayamos cambiado de tirano? ¿Es posible que la naturaleza del poder no haya cambiado, sino que tan solo haya perfeccionado su disfraz? Para entender la jaula invisible del presente, debemos primero recordar que las cadenas del pasado eran tiránicas, pero no escondían su naturaleza explícita.

I. El poder desnudo: el Faraón y su dios

En el mundo antiguo, el poder era visible, tangible y explícito en su arbitrariedad. El Faraón de Egipto es el arquetipo perfecto. Su capacidad para imponerse, su potestas, era absoluta: comandaba los ejércitos, construía pirámides y su palabra era ley de vida o muerte. Nadie lo dudaba. Pero su poder no se sostenía únicamente en la fuerza de sus lanzas.

Se sostenía en una justificación, en un relato que todo el mundo entendía: él era un dios en la Tierra. Su poder coercitivo y su legitimidad moral eran una y la misma cosa, fusionadas en su cuerpo divino. El pacto era claro: el pueblo ofrecía su obediencia total y, a cambio, el Faraón garantizaba el orden del cosmos, la crecida del Nilo y la protección contra el caos. Era una tiranía, sí, pero una en la que el responsable era visible y se sometía a sus propias creencias al asumir un papel, creyera en él o no. La jerarquía era un reflejo del orden divino, y el poder se ejercía desde la cima de una pirámide que todos podían ver.

Durante milenios, con diferentes variaciones, este fue el modelo. Reyes, emperadores y césares basaban su derecho a gobernar en una conexión privilegiada con lo sagrado. Su poder era arbitrario, sí, pero su justificación, el relato que les daba autoridad, también lo era, y nadie pretendía lo contrario.

II. La nueva magia: la aparición de los ídolos invisibles

Entonces llegó la Ilustración. Una formidable rebelión de la mente humana que se atrevió a decir «no». No al derecho divino de los reyes. No al dogma incuestionable de la Iglesia. Armados con la razón, los pensadores ilustrados declararon que la legitimidad del poder ya no podía venir de un Dios metafísico, sino del consentimiento de los gobernados.

Para derribar a los viejos dioses, crearon un nuevo panteón de entidades etéreas: la Libertad, la Igualdad, los Derechos del Hombre. Eran ideas poderosas, herramientas revolucionarias que demolieron el viejo orden. Pero toda revolución corre el riesgo de ser instrumentalizada. Mientras la potestas política de los reyes se desmoronaba, una nueva potestas, mucho más silenciosa y difusa, estaba acumulando una fuerza sin precedentes: el poder azaroso de la economía.

La Revolución Industrial y el auge del capitalismo no crearon una élite basada en la sangre o en la teología, sino en el capital. Esta nueva clase de poder, la burguesía, se encontró con un problema: no tenía dioses ni linajes para justificar su dominio. ¿Cómo podía una élite, cuyo poder era tan arbitrario como el de cualquier faraón —basado en la fortuna, la herencia y la explotación—, legitimarse en una era que supuestamente adoraba la Razón y la Igualdad?

No se trata de una cadena causal única, sino de corrientes históricas que, al confluir, han dado forma a un mismo imaginario de poder, llegando a una de las maniobras ideológicas más brillantes de la historia. Decidieron no inventar un nuevo dios visible, sino aprovechar que los ideales de la Ilustración coexistían con los antiguos dioses en ese mismo mundo ideal platónico, para apropiarse de ellos. Para ello, les vaciaron de su contenido original y los rellenaron con un nuevo evangelio secular.

III. El nuevo templo: cómo el mercado se convirtió en iglesia

El terreno para este nuevo evangelio ya había sido arado y sembrado un siglo antes, con la escisión de la Iglesia Católica. La Reforma Protestante, en su rebelión contra la autoritas de Roma, no solo fracturó la cristiandad; reconfiguró el alma de Occidente y le dio al capitalismo su teología. 

En el relato luterano y, sobre todo, calvinista, la relación con Dios se volvió personal, y la prueba de la fe se trasladó del monasterio al mundo. El trabajo dejó de ser una simple necesidad para convertirse en una vocación sagrada. El esfuerzo no era solo algo noble; era una forma de oración, un sacrificio terrenal para ganar el cielo. El éxito económico, la prosperidad material, dejó de ser sospechoso de avaricia para convertirse en la recompensa visible de la gracia divina, una señal de que uno pertenecía al grupo de los elegidos. Como ya intuyeron Weber o Russell, la confluencia de Reforma, capitalismo y misión imperial anglosajona acabaría dando al poder económico una legitimidad de apariencia casi sagrada.

Esta fue la mutación decisiva. Se creó un relato que sacralizaba las mismas virtudes que la nueva potestas económica necesitaba: la disciplina, la acumulación y la autoexigencia. Ya no se necesitaba a la Iglesia para obtener el perdón; el éxito en el mercado era la nueva absolución. Así nació el relato que aún hoy gobierna nuestras vidas. Es una teología secular que ha convertido los conceptos liberadores de la Ilustración en los mandamientos de una nueva religión:

  • La Libertad dejó de ser la libertad política de participar en el gobierno y se convirtió en la libertad de mercado: la libertad de comprar, vender y competir.
  • La Felicidad Individual dejó de ser un complejo estado filosófico y se transformó en la capacidad de consumo. Eres más feliz cuantos más bienes y experiencias puedas adquirir.
  • El Éxito, antes un concepto ligado a la virtud o al honor, se redefinió como éxito económico. Tu valor como ser humano se mide por tu cuenta bancaria y tu posición en la jerarquía corporativa.

Este nuevo poder hizo algo que el Faraón nunca pudo. Se presentó a sí mismo no como un poder, sino como la ausencia de él. Se describió como un orden natural, espontáneo, la «mano invisible» del mercado que, como la gravedad, simplemente es. Y, por tanto, oponerse a él no es un acto de rebelión política, sino una locura, un intento de negar la propia realidad.

Los nuevos faraones no portan coronas; dirigen fondos de inversión. Los nuevos sumos sacerdotes no leen las entrañas de los animales; leen los índices bursátiles. Y la prueba de su divinidad, de su «mérito», es su propia e inmensa riqueza, presentada como la justa recompensa a su esfuerzo y talento en un sistema supuestamente abierto a todos.

Epílogo: vivir bajo una sombra invisible

Hemos cerrado el círculo. Hemos vuelto a una fusión total del poder y su justificación. La potestas es el control casi absoluto del capital global. La autoridad es el relato cultural que nos convence de que este orden es justo, natural y el único posible.

La arbitrariedad del Faraón era la de un humano. La arbitrariedad del nuevo poder es la del azar de un mercado que reparte fortunas y miserias con la misma indiferencia de un dios antiguo. Creemos que hemos escapado de la pirámide, pero solo hemos hecho sus muros invisibles.

La sombra del Faraón es larga, y se proyecta sobre nosotros. Pero hay una diferencia fundamental. El poder del Faraón se basaba en la creencia en una entidad metafísica que hoy resulta absurda. Sin embargo, nuestra capacidad de creencia continúa en marcha, lo que nos hace igualmente manipulables a la desinformación, a los bulos y a los fanatismos ideológicos que se presentan como autoconclusivos, contenedores de una verdad total, sin ambages ni resquicios.

El poder actual ya no busca las miradas, aunque usa a aquellos que las desean como instrumentos para lograr sus fines. El poder actual se disfraza de merito laboral para legitimar sus nuevas dinastías. Sin embargo, afortunadamente, se basa en una complejidad que podemos empezar a desentrañar. 

El primer acto de rebelión en esta era no es tomar un castillo, sino hacer lo que estamos haciendo ahora: nombrar a los nuevos ídolos, analizar su teología y comprender la arquitectura de nuestra jaula invisible. Porque la libertad no se alcanza por no ver los barrotes que te encierran, sino cuando los dejas claramente a tu espalda.